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«Comer carne todos los días simplemente no es viable» – Rebelion


Corine Pelluchon trabaja con propósitos a largo plazo. La filósofa francesa es vegana y autora, para más señas, del Manifiesto animalista, pero sabe que no conseguirá que los humanos dejen de comer carne de la noche a la mañana. Es partidaria de la transición energética, pero opina que este proceso sólo puede desarrollarse en un periodo dilatado, sin revoluciones ni cambios radicales de paradigma. Su meta, como anuncia el título de su último ensayo, Reparemos el mundo (publicado por Ned Ediciones y traducido por Sion Serra Lopes), también es una tarea lenta, ya que trata de reconciliar al ser humano con el mundo natural. Sobre estas ideas dialogó con el paleontólogo Juan Luis Arsuaga en el Institut Français de Madrid.

Todo el
pensamiento de Pelluchon está articulado en torno a la, a su juicio errónea,
contraposición entre derechos humanos y derechos animales (en los que podríamos
englobar a toda la naturaleza). La Ilustración colocó al ser humano en la cima
de la pirámide. El resto de los seres vivos, en ese esquema, estaban por
debajo. «Pero no somos ni mejores ni peores», explica Pelluchon. «Simplemente
vivimos existencias heterogéneas».

Como aclara
Arsuaga, «la especie humana sólo era una especie más hasta hace
11.000 años.
 Es
verdad que pintábamos bisontes en las paredes y que uno puede sentirse superior
desde el punto de vista artístico o intelectual, pero en el ecosistema nuestra
especie sólo era una más, sin ningún impacto especial, sin gran capacidad de
transformación. Todo esto cambia con un invento: la domesticación de los
animales y de las plantas. Ese es el gran cambio. No es un cambio biológico ni
evolutivo. Es la misma especie de siempre, pero que empieza a cultivar y a
criar ganado».

En opinión
de Pelluchon, «hay que modificar la concepción del sujeto que sirvió de base a las
filosofías de los siglos XVII y XVIII que representaron al hombre como un
imperio dentro de un imperio, y a la naturaleza como un mero fundamento». Entre
los conceptos que la autora cree que debemos modificar está «el dualismo
cultura-naturaleza». Reconfigurar esta perspectiva es vital para hacer frente
al desafío climático. «Y no hay un manual para hacerlo. Esto no es
como reparar un coche», avisa. «No hay recetas, hay una actitud. Lo que yo
propongo para poner la ecología en el centro de la política es, digámoslo así,
una revolución antropológica. Se trata de promover un medio
de desarrollo menos deshumanizador, menos injusto para los humanos y los no
humanos, más sostenible. Hay que hacer un cuestionamiento de nuestro
pensamiento, de toda nuestra educación, que nos hace creer que los otros seres
vivos son simples medios para nuestros fines».

Pelluchon ha
bautizado este orden (de alguna manera, antinatural) como «esquema de la
dominación». Este esquema «lo transforma todo», asegura. «La agricultura, la
ganadería, nuestra relación con los otros, la política, el trabajo… Todo lo
transforma en guerra.
 Es una
dominación, no sólo de los demás, sino de la naturaleza externa, de los
ecosistemas, y también de nuestra propia naturaleza interior». La clave de la
reconciliación entre nosotros y la naturaleza es «el reconocimiento de nuestra
finitud, de nuestra vulnerabilidad y de nuestra condición terrestre. Y el
conocimiento de nuestra interacción con otros seres vivos». A su juicio, esta
toma de conciencia tiene un «impacto en nuestros afectos, en nuestra vida
emocional. Cambia nuestra manera de actuar y también nuestras aspiraciones y
deseos». Ella sitúa este cambio no sólo a nivel individual (que también) sino a
«nivel civilizatorio».

El reto de la carne

Entre los
cambios que el ser humano debe acometer frente a la emergencia climática está
el de la alimentación. En este asunto Pelluchon hace una distinción
entre 
el veganismo y el vegetarianismo de
orden filosófico y el que imponen los límites del planeta.
 «Yo suscribo el primero, porque
creo que arrebatarle la vida a un animal que quiere vivir, y que a veces es un
simple bebé, no es algo que se pueda hacer alegremente», explica Pelluchon. «A
ese veganismo ético hay que añadir otro ligado a las condiciones actuales.
Cuando yo era niña había 3.000 millones de personas en el mundo y en mi casa
comíamos carne dos veces por semana. Entonces era una cantidad aceptable. Hoy
tenemos otras condiciones demográficas, ecológicas y sociales. Comer carne
todos los días, cuando pronto seremos 8.000 millones de personas, simplemente
no es viable».

Entre las
razones que enarbolan los enemigos del vegetarianismo está el hecho de que
siempre hemos comido carne, incluso de que nuestro desarrollo cerebral, a lo
largo de la evolución, está ligado al consumo de carne. Podría ser cierto, aunque en la
Prehistoria había unos condicionamientos físicos que ahora no sufrimos.

«Los
yacimientos están llenos de huesos de herbívoros consumidos por nuestros
antepasados, eso es una evidencia», explica Juan Luis Arsuaga. Y el fenómeno se
da en mayor medida «en latitudes con climas estacionales, como la nuestra. En
esas condiciones sólo se podía ser carnívoro porque no había
ningún alimento vegetal disponible
 para un ser humano durante tres cuartas partes
del año. Sí lo había en la época de la fructificación, pero entonces los
árboles frutales no eran como los de ahora, que han sido modificados a lo largo
de siglos de selección artificial. Un manzano silvestre, por ejemplo, da un
fruto muy pequeño. Las bellotas no eran consumibles. Castañas había muy pocas.
Sí había, por ejemplo, bayas y arándanos, pero todo en cantidades pequeñas y
limitadas a un periodo de tiempo».

¿Puede
usarse este argumento histórico para seguir consumiendo carne? En absoluto, y
menos en las cantidades en las que los humanos lo hacemos en la actualidad. «Se
consume demasiada carne», afirma Arsuaga. «La mayor parte de las proteínas
animales que consumimos van directamente a la orina en forma de metabolitos. No
se asimila.
 Una
persona adulta, con una actividad normal, necesita muy pocos gramos de
proteínas al día, y esto incluye las proteínas vegetales, claro. El equivalente
sería apenas una loncha de jamón. Consumimos un exceso de grasas animales que
no sólo no son beneficiosas sino que son perjudiciales
para la salud
. Y para el planeta más. Porque hay una cosa que se
llama pirámide trófica y en cada uno de los escalones se pierde la mayor parte
de la energía. Por eso es preferible consumir vegetales que consumir animales
que se alimentan de vegetales. El hecho inobjetable es que se produce muchísima
carne. No un poco más sino varios órdenes de magnitud más de la que es
necesaria. Por eso se
debería reducir
. Esto no admite discusión. Es un hecho».

Pelluchon, a
pesar de su compromiso animalista, no busca culpabilizar a los consumidores de
carne. Cree, más bien, en un proceso de sensibilización que conduzca al reconocimiento
de que «la matanza inducida de un animal para alimentarse o vestirse es
moralmente problemática». Y para ello funciona mejor la emoción que la razón.

Es precisamente este exceso racionalista heredado de la Ilustración el que combate en sus libros. Con muchos matices, claro. Tantos que corre el riesgo de no ser entendida en una sociedad polarizada que quiere explicarlo todo en 280 caracteres. La razón, como explicaba en su libro Les Lumières à l’âge du vivant, debe ser defendida con uñas y dientes pero no puede ser reducida a un mero instrumento de cálculo y explotación. De la Ilustración, como de todos los procesos desarrollados en el pasado, «deben recuperarse algunas cosas y desechar otras», explica.

Corine Pelluchon
Juan Luis Arsuaga y Corine Pelluchon durante el debate moderado por la periodista Adeline Marcos Talva en el Institut Français de Madrid.

Los peligros de la nostalgia

Arsuaga
coincide con ella en el peligro que entraña la nostalgia, que no es algo actual, ni
mucho menos: «Todas las culturas y civilizaciones han creído en el mito de un
pasado mejor en armonía con la naturaleza. Es el mito del buen salvaje de
Rousseau, en pocas palabras. Hay que recordar que en el siglo XIX la esperanza
de vida era de 30 años y que la mitad de los niños se moría antes de cumplir
cinco años. ¿Acaso hay alguien que tenga nostalgia de la mortalidad infantil?
Para algunos parece ser el ideal en cuanto a sostenibilidad, pero lo cierto es
que eran sociedades patriarcales en las que la libertad no existía. Cuidado con
estas nostalgias agrarias o ruralistas. En general, las soluciones a los
problemas del presente están en el presente, no en el pasado. No vamos a
desinventar el aviónLo que se
inventa no se puede desinventar.
 Las tecnologías, y aquí podríamos incluir
también el gran cambio que se produjo con la agricultura, no se desinventan. En
todo caso se desarrollan. Habrá que ver cómo nos desplazamos con avión, o sin él,
pero de una manera que sea lo menos lesiva para el medioambiente».

En cuanto al
desafío climático, Arsuaga se mostró optimista. «El pesimismo es una excusa
para no hacer nada, para no comprometerse. Pensar que las cosas se pueden
cambiar es una obligación moral», aseguró. En realidad, «no hay ninguna razón
científica para decir que es imposible que las próximas generaciones puedan
vivir en este planeta vidas plenas, felices y en armonía con la naturaleza. No
la hay. Las razones para negar esa posibilidad no son de
orden científico, son de carácter político.
 En Sumatra se están sustituyendo los bosques
originales por plantaciones de palma que no son para el consumo de los
indonesios sino para el de los habitantes del Occidente opulento. En el fondo
del problema ecológico está la injusta distribución de la riqueza, que está en
manos de unos pocos».

Pelluchon
comparte esta visión, pero se esfuerza, en todas sus intervenciones, en desideologizar
la causa ecologista.
 Esta
postura, sin duda repelente a primera vista, tiene su explicación. Convertir la
emergencia climática en munición para la batalla cultural desatada por la derecha global
podría conducirnos al desastre. La ciudadanía, sobreexcitada por un ecosistema
mediático y digital conservador (cuando no ultra), vota frecuentemente en
contra de sus propios intereses. Es un hecho que las condiciones materiales de
vida ya no constituyen un argumento sólido en ningún proceso electoral. Y las
naturales o las ecologistas mucho menos. «Desconfío de las llamadas a la
revolución. La única cosa que yo quisiera eliminar es el dogmatismo», explica. «No
porque yo sea una persona amable sino porque tengo un sentido muy desarrollado
para la tragedia. Creo que la violencia y el mal son
tentaciones constantes
».

En cualquier
caso, la filósofa francesa no pierde de vista las implicaciones sociales de la
necesaria transición energética: «Es un proceso que hay que colocar en un
contexto social, geográfico y cultural. Y es perfectamente realizable. Por
ejemplo, ¿podemos cambiar el modo de producción ganadero? Por supuesto. Yo
soy abolicionista,
pero hasta que llegue el día del fin de la explotación animal creo que habría
que dar un salario de compensación a las personas que se dediquen
a esa actividad de forma extensiva, a pequeña escala y respetuosa con el
medioambiente. Porque, además, tienen un papel en la composición del paisaje.
Pero las decisiones no pueden tomarse desde arriba, de forma vertical y
tecnocrática. Y, con más motivo aún, debemos huir de la tentación autoritaria.
La mayor parte de los políticos están de rodillas ante el poder del dinero.
Alimentan un sistema extractivista y productivista. Es normal que los jóvenes
estén enfadados. Yo también comparto esa cólera. El problema es saber qué
hacemos con ella. Porque, a veces, la cólera puede ser mala consejera».

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/corine-pelluchon-carne-humanos/





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