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Accidentes y violencia: Un estudio presenta el análisis forense de los cráneos de la Sima de los Huesos de Atapuerca


Uno de los cráneos de la Sima estudiados, de unos 430.000 años. / CENIEH

Casi todos los individuos estudiados, de todas las edades, sufrieron golpes en la cabeza a lo largo de su vida y seis de ellos presentan lesiones en la nuca que solo pueden interpretarse como ataques intencionados

Julio Arrieta

Cuanto más antiguos son los restos fósiles de nuestros antepasados evolutivos que se encuentran, menos numerosos son, así que cuanto más se retroceda en el tiempo, más difícil resulta hacer un estudio a nivel de grupo para averiguar lo que les ha ocurrido a esos vestigios antes y después de que acabaran enterrados. Ala altura del Pleistoceno medio, entre 700.000 y 130.000 años atrás, algo así es una fantasía para los paleoantropólogos. Salvo en un lugar: la Sima de los Huesos de Atapuerca. Allí los restos de hominidos excavados son tan abundantes que han permitido realizar un estudio de este tipo, cuyos resultados se han dado a conocer ahora en la revista ‘The Anatomical Record’. El análisis revela que todos los individuos sufrieron lesiones craneales de diverso tipo, a las que sobrevivieron y de las que sanaron en la mayor parte de los casos.

La excavación de la Sima de los huesos dio como resultado más de 7.000 fragmentos fósiles derivados de una treintena de individuos, siendo muchos de ellos trozos de cráneos y mandíbulas, de unos 430.000 años de antigüedad. «Hasta la fecha, contamos en la colección con 20 individuos representados por sus cráneos y mandíbulas, de los 29 estimados por la dentición. Este número tan elevado de especímenes ha permitido un estudio sobre la tafonomía forense de una población fósil, algo impensable fuera de las paredes de esta sima burgalesa», comenta Nohemi Sala, del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH), primera autora del artículo, que firma con Ana Pantoja-Pérez (Centro Mixto UCM-III de Evolucución y Comportamiento Humanos), Ana Gracia (Universidad de Alcalá) y Juan Luis Arsuaga (Universidad Complutense de Madrid).

La tafonomía es una disciplina paleontológica que se ocupa de analizar los fósiles para averiguar qué les ha sucedido a los individuos desde su muerte hasta su excavación. «Analizando aspectos como marcas y fracturas en los fósiles, desciframos procesos como si de una autopsia se tratase», explica Sala.

El análisis ha identificado 57 lesiones craneales con signos de curación, lo que significa que estas heridas fueron producidas antes de la muerte. Estas lesiones de morfología circular que afectan a la bóveda craneal de la práctica totalidad de los individuos (17 de los 20 especímenes), han sido interpretadas como traumatismos que producen la depresión del hueso y que fueron producidos por golpes contundentes en las diferentes regiones del cráneo.

A nivel de grupo, el estudio de los restos ha revelado que nadie estaba libre de sufrir este tipo de golpes, porque aparecen en los restos de individuos de todas las edades y de ambos sexos. Todos estaban expuestos a episodios generalizados que causaban impactos no letales en la región craneal.

Además, la investigación ha comprobado también que un individuo presentaba fracturas craneales ‘peri mortem’, es decir, producidas en un momento próximo a la muerte. «Con este ya son nueve individuos con evidencias de traumatismos craneales que pudieron ser letales».

Fracturas penetrantes en la nuca

Pero lo más llamativo que ha detectado este estudio forense son los casos de violencia. De los nueve individuos con traumatismos ‘peri mortem’, seis de ellos presentan fracturas penetrantes en la región izquierda de la nuca. Para el equipo científico, este patrón es tan recurrente que deja poco margen a la interpretación. Esta localización no es la esperable para traumatismos accidentales y son más compatibles con lesiones producidas intencionadamente. Se trata de posibles casos de violencia.

Pero además se han comprobado modificaciones ‘post mortem’, una serie de alteraciones en los restos óseos que solo pueden ser resultado de la exposición de los mismos al ambiente propio del interior de una cueva. Se trata de roturas en los huesos por el peso de los sedimentos y precipitación de minerales. No se han documentado marcas que atestigüen largo transporte de los restos en el interior de la cavidad. «Podemos interpretar que los esqueletos llegaron completos a la cueva y poco tiempo después de su muerte», concluye Nohemi Sala.

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